Recientemente vi la película de Bigas Luna, basada en la novela erótica de Almudena Grandes (1989): Las edades de Lulú.

Cuenta la historia de cñomo una chica de quince años se deja llevar por su obsesión, su gran amor, hasta acabar inmersa en las historias de sexo mñas oscuras de Madrid. La película no deja indiferente pero tampoco satisface totalmente. Es una especie de: “me gustaría volverla a ver aunque no sñe muy bien por quí”. Tengo la sensación de que seguramente es mejor de lo que percibo pero que yo no acabo de verlo, o algo así. Me pregunto por qué parar donde para y no seguir hasta el final de la desinhibición, puestos a hacer una película puramente sobre sexo… aún así hay un montón de escenas subidas de tono con un Javier Bardem muy musculoso de por medio y muy, muy excitantes.
Según cuentan, y como ocurre en la mayoría de los casos, la novela es mucho mejor que la película, así que me muero de ganas por leerla.
En este enlace se puede descargar el libro
A continuación pego un par de pasajes del libro, muy insinuantes:
“Supongo que puede parecer extraño pero aquella imagen, aquella inocente imagen, resultó al cabo el factor más esclarecedor, el impacto más violento.
Ellos, sus hermosos rostros, flanqueaban a derecha e izquierda al primer actor, a quien ya no pude identificar, tal era la confusión en la que aquella radiante amalgama de cuerpos me había sumido. La carne perfecta, reluciente, parecía hundirse satisfecha en sí misma sin trauma alguno, sujeto y objeto de un placer total, redondo, autónomo, distinto del que sugieren esos anos mezquinos, fruncidos, permanentemente contraídos en una mueca dolorosa e irreparable, tan tristes, pensé entonces.
Ellos se miraban, sonrientes, y miraban la abierta grupa que se les ofrecía. en los bordes, la piel era tensa y rosa, tierna, luminosa y limpia. Antes, alguien había afeitado todo la superficie con mucho cuidado.
Aquella era la primera vez en mi vida que veía un espectáculo semejante. Un hombre, un hombre grande y musculoso, un hombre hermoso, hincado a cuatro patas sobre una mesa, el culo erguido, los muslos separados, esperando. Indefenso, encogido como un perro abandonado, un animalillo suplicante, tembloroso, dispuesto a agradar a cualquier precio. Un perro hundido, que escondía el rostro, no una mujer.”
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“Fuera hacía mucho frío. El me pasó un brazo por el hombro, un signo que no quise interpretar, derrotada por el desconcierto, y anduvimos en silencio hasta el coche.
Cuando estaba abriendo la puerta volví a preguntar, aquélla fue una noche cargada de preguntas.
- ¿Me vas a llevar a casa?
- ¿Quieres que te lleve a casa?
En realidad sí quería, quería meterme en la cama y dormir.
- No.
- Muy bien.
Dentro, todavía se quedó un instante mirándome. Después, en un movimiento perfectamente sincronizado, me metií la mano izquierda entre los muslos y la lengua en la boca y yo abrí las piernas y abrí la boca y traté de responderle como podía, como sabía, que no era muy bien.
- EstÅ›s empapada…
Su voz, palabras sorprendidas y complacidas a un tiempo, sonaba muy lejos.
Su lengua estaba caliente, y olía a ginebra. Me lamió toda la cara, la barbilla, la garganta y el cuello, y entonces decidí no pensar más, por primera vez, no pensar, él pensaría por mí.
Intentí abandonarme, echar la cabeza atrás, pero no me lo permití. Me pidió que abriera los ojos.
Se volvió contra mí e insertó su pierna izquierda entre mis dos piernas, empujando para arriba, obligándome a moverme contra su pantalón de algodón.
Yo sentía calor, sentía que mi sexo se hinchaba, se hinchaba cada vez más, era como si se cerrara solo, de su propia hinchazón, y se ponía rojo, cada vez más rojo, se volvía morado y la piel estaba brillante
pegajosa, gorda, mi sexo engordaba ante algo que no era placer, nada que ver con el placer fácil, el viejo placer doméstico, esto no se parecía a ese placer, era más bien una sensación enervante, insoportable, nueva, incluso molesta, a la que sin embargo no era posible renunciar.
Me desabrochó la blusa pero no me quitó el sujetador. Se limitó a tirar de él para abajo, encajándomelo debajo de los pechos, que acarició con unas manos que se me antojaron enormes.
Me mordió un pezón, solamente uno, una sola vez, apretó los dientes hasta hacerme daño, y entonces sus manos me abandonaron, aunque la presión de su muslo se hacía cada vez más intensa.
Escuché el inequívoco sonido de una cremallera…..”
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